El robo de bebés y niños y la sustracción de su identidad fue el mayor delito cometido en el marco de la última dictadura militar en Argentina. Buscados incansablemente por sus familiares y por las Abuelas de Plaza de Mayo, se calcula que hoy más de 400 de aquellos bebés y niños convertidos en botín de guerra continúan desaparecidos, criados por familias que nos son las suyas….
Analía Argento, periodista egresada de la carrera de Comunicación social de la UBA, narra el largo camino de vuelta a casa de estos hijos-nietos argentinos y uruguayos cuya identidad fue restituida. Sus relatos se basan en testimonios y en una profunda investigación de campo.
Compremos Libros conversó con la autora, quien nos habló de su experiencia personal al escribir un libro con una temática tan difícil para todos los argentinos.
En algún lugar contás que el libro nace un día que vas a la sede de Abuelas para hacer una nota periodística. Más allá de este origen cronológico, ¿que fue lo que se movió para que este libro se pusiera en marcha?
Creo como todo en la vida el libro tiene también una motivación personal. Aún recuerdo cuando a los ocho años mi mamá recibió una carta de su hermana en la que le contaba que su hermano Beto había desaparecido. Yo no alcanzaba a entender lo que eso significaba pero fui testigo del enorme dolor que la noticia causó a mi mamá y más tarde de lo que fue para mis primas hermanas, que entonces tenían solo uno y dos años, crecer sin su papá. Durante años recé para que apareciera con vida mi tío Beto y todos los desaparecidos. Un día dejé de rezar, tendría más o menos 13 años. Sabía que los que no habían aparecido no aparecerían más. Siempre creí que como periodista podía hacer algo pero nunca me animé, quizás por el dolor que causaba en mi familia y por el miedo que nos llevó, en lo personal, a guardar años de silencio. Sentí que lo que me pasaba a mí le pasaba a mucha gente que no hablaba de los desaparecidos porque no se animaba por miedo o por dolor. Y por fin me animé a meterme en el tema con la sensibilidad de saber de qué se trata pero con la distancia suficiente como para no estar involucrada directamente. Creí sinceramente que como periodista podía cambiar aquella creencia mía y hacer que los desaparecidos sí aparecieran, o al menos aportar algo en ese sentido. Primero haciendo algo para que los bebés desaparecidos puedan aparecer. Segundo para que se conozcan sus historias y las de sus padres porque es una manera de que no desaparezcan más. Y objetivamente, como periodista, creo que no había nada escrito que pudiera llegar a mucha gente, que mostrara la tragedia y el horror del robo de bebés desde la visión de aquellos niños hoy adultos y que mostrara sus historias con todos los matices y circunstancias.
A veces algunos acontecimientos reales son completamente inverosímiles, ¿cómo pensaste, cómo hiciste o cómo te salió restituir a estos hechos su estatuto de efectivamente ocurridos, es decir, meramente reales?
Lamentablemente todos los hechos narrados en De vuelta a casa son reales. Aunque escribí en forma novelada hasta los sentimientos que atribuyo a los personajes son aquellos que los protagonistas me relataron. Hice una profunda investigación periodística para chequear datos e información, contacté testigos, entrevisté a los protagonistas, busqué documentos, visité lugares emblemáticos, entre muchas cosas que hice.
¿Tenías como referencia formal o práctica la tradición que arranca en nuestro país notoriamente con Walsh, tradición de la que este libro sería heredero?
Creo que la comparación me queda chica aunque la agradezco enormemente porque como estudiante obviamente leí a Walsh en la facultad. Como periodista y como persona lo admiro y como docente enseño a los alumnos a que lo lean. Sí, intenté la línea del periodismo novelado porque sentí que era la mejor manera de llegar al lector porque el robo de bebés es una herida abierta muy pesada para los argentinos. Si hubiera hecho una investigación más fría y dura quizás sería muy difícil de leer. Además así lo escribí porque así lo sentí y en eso me dejé llevar mucho por mi propia sensación frente al tema, por lo que sentía durante las entrevistas, por lo que me transmitieron mis entrevistados.
¿Cuál capítulo, cuál historia te costó más emocionalmente, y cómo te fue posible resolver en el texto ese conflicto?
Todas, cada caso por distintas razones. Creí que el caso de Claudia Poblete era muy conocido y me costó abordarlo porque me preguntaba qué más podía decir. Cuando terminé de escribirlo, cuando le encontré la vuelta, sentí que tenía que ser el primer capítulo del libro y Claudia al leerlo sintió cuán pesada era su propia historia así, toda junta, narrada en un capítulo. El capítulo de Carlos D Elía Casco fue el primero que investigué y uno de los últimos que escribí porque estaba muy involucrada con la historia ya que trabajé mucho en ella y hasta acompañé a Carlos en su vuelta al Pozo de Banfield donde nació. Tuve que dejar pasar mucho tiempo para tener la distancia suficiente que hiciera más objetivo mi relato. Con los hermanos Ruiz Dameri tuve que ser cuidadosa porque justo cuando estaba escribiendo e investigando se realizaban los exámenes de ADN a su hermana y me costó darle un final al capítulo porque es una historia que aún se sigue escribiendo. Con el caso de Laura, la chica que entregaron confundida a otra familia, lo difícil fue cómo relatar una historia tan compleja y como llamar yo a esa mujer que prefiere seguir usando otro nombre. Ella me pidió que la llamara Paula y no Laura pero hoy en día me permite llamarla como yo quiera, así me lo ha dicho. Con Victoria Donda fue difícil decidir, como periodista, no hablar de sus apropiadores, pero en algún momento entendí que ese silencio es la muestra más clara de lo que provocaron en ella, del drama que cargaron sobre sus espaldas. Con Matías Reggiardo Tolosa necesité mucho tiempo para que habláramos sin prejuicio sobre Miara pero me costó que habláramos de la mujer que lo crió como su apropiadora. Ese último capítulo tiene la inmediatez de que fue publicado poco antes de ser escrito pero hoy debería reescribirlo porque a partir del libro él ha vivido muchas nuevas cosas en relación a su historia.
¿Pensás en el libro como una futura fuente historiográfica, política, literaria, ética?
Siento que el libro ya no me pertenece pero lo que más creo es que puede hacer comprender a mucha gente, sobre todo a los que no han vivido la época de la Dictadura, lo que ocurrió. Y también para que muchos que sí la vivieron tengan otra visión más completa. No me animo a decir qué será del libro pero lo que más desearía es que ayude a los nietos encontrados y especialmente a aquellos que falta encontrar.
¿Pensás en un lugar, ya no sólo en De vuelta a casa, en el que se dividen las aguas entre lo real y la ficción? ¿La ficción anuda y le
da soporte discursivo a los núcleos de lo real, o por el contrario esa construcción de verosímil ficcional resta ? ¿verdad?
No sé cómo lo sentirá el lector. La pregunta sería ¿qué es lo real? ¿Contar lo que pasó despojado de sentimientos, enumerar datos o contar la vida como es, como la vivimos todos? Yo creo que novelar en el periodismo no es hacer ficción sino despojar a un texto de la frialdad y supuesta objetividad que a veces utiliza un periodista. La vida no es una pirámide invertida como aprendemos al comenzar a escribir periodísticamente. La vida es dolor, pasión, tragedia y el horror no puede describirse con frases frías y una sumatoria de datos. Porque a Carlos D Elía Casco lo sacaron apenas nacido del centro clandestino donde lo parió su mamá y lo sacaron aún ensangrentado y envuelto en papel de diarios. Eso es lo real. No podría haberlo contado de otra manera. ¿Hace falta que califique a quien lo arrancó de los brazos de su mamá? Cualquier madre que leyera el texto sabría qué sentir y que pensar. Eso, creo, es lo real. Eso es lo que quise contar.
¿Qué reacciones recibiste, si las hubo, por parte de apropiadores o personas vinculadas a ellos?
Sé que en algunos casos se sintieron molestos. Algunos de mis entrevistados, criados por ellos, los cuidaron mucho durante nuestras charlas. Pero ellos saben lo que hicieron y no me interesa ni necesito saber qué piensan excepto quizás en algún caso en particular y solo por el respeto que los jóvenes apropiados me merecen. Sé también que en algunos casos el libro sirvió para que los jóvenes hablaran o bien con sus apropiadores o bien con sus familias biológicas y sé que a algunas familias biológicas les gustó el libro y sintieron que escribí con mucho respeto pero también hay quien se ha sentido dolido por la difusión de algunas cosas.
¿En qué clase de lector pensabas mientras ibas escribiendo?
Pensaba que el libro tenía que estar escrito para que un argentino de cualquier edad pudiera querer leerlo y le gustara, diría que desde chicos del secundario en adelante. Y quise escribir para que quien sabe qué ocurrió en la dictadura leyera algo que ya sabía sino que encontrara nueva información pero que quien no sabía nada también tuviera los datos básicos. Y quise escribir para un lector que no estuviera muy politizado que quizás no leyera habitualmente libros de política o investigaciones periodísticas. Pensé también en mí como lectora y en los protagonistas de cada capítulo que fueron los primeros en leerlos.
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