“No debe definirse a Pepe Rosa como un estudioso de la historia; ese calificativo lo encerraría en una biblioteca y quienes lo conocimos sabemos que no fue solo eso.
Rosa fue fundamentalmente un curioso que excavó en el pozo mal tapado y disimulado de la “historia oficial”, con la que se pretendía maquillar un país para que pareciese lo que no era. Podríamos decir que fue un arqueólogo que se sumergió en el alma de la vieja patria….” ( del Prólogo El condor ciego)
Eduardo Rosa, hijo del autor José María Rosa, nos contestó por medio de un correo electrónico una serie de preguntas a través de las cuales pretendemos acercarnos a su vida y obra. Ambas desconocidas por las nuevas generaciones e ignoradas por la prensa.
La idea de esta breve entrevista es, en primer lugar, conocer quién es su padre (y pregunto en tiempo presente ya que su vida, su obra y su espíritu lo trascienden).
Mi padre, José María Rosa, vivió tan apasionadamente su vida y su compromiso con la verdad que debería ser redundante hablar de él. Pero no es así. A mi padre no lo conocen las nuevas generaciones.
En la vida de un intelectual hay un momento en que se debe optar: pensar por si mismo o “servir” a la corriente.
Quién sirve a la corriente; si tiene alguna capacidad será compensado en vida y ocupará sin cuestionamientos su puesto en las academias, será citado por mediocres y periodistas que no lo entienden, (porque una de las condiciones para sacar patente de fantasmón es el lenguaje iniciático); y si el intelectual de marras tuviese “imagen”, la televisión le dará un lugar y mantenerse allí será su envidiado mérito. Pero quien – como don Pepe Rosa – pensó por si mismo, no tomó como “oro de buena ley” lo bienpensante, lo establecido y lo civilizado, y me refiero a:
Ser buen ciudadano (léase no insubordinarse).
Ser buen consumidor (ganándose su pan y gastando su peculio de forma que regrese al lugar de donde salió).
Ser permeable a lo que los medios imponen.
Quien, como Pepe Rosa, no se quede “en el molde” será un inadaptado, y solo debe esperar primero el silencio (se lo ningunea, como se dice en mi barrio) y luego, si persiste, se lo separa de toda tribuna, llámese cátedra, púlpito o lugar desde el que pueda contagiar.
Mi padre debió haber sido un profesor universitario, cuyos libros se leyeran y discutieran con argumentos en claustros y campus, para terminar su vida con la satisfacción de haber puesto luz no discutida en unas pocas cuestiones y dejando a sus discípulos la continuación del debate, como sucede y sucedió en física, en astronomía, en teología y en tantas otras ciencias. Y más siendo la historia una ciencia con mayor subjetividad que otras.
Pero mi padre no tuvo esa suerte: fue separado de sus cátedras, ignorado por la prensa, estuvo preso, y tuvo que entrar en la lucha política a la hora del mayor peligro y dar un paso al costado a la hora de los codazos.
Tal vez todo esto pasó porque hizo arqueología en el alma del pueblo y encontró allí una Patria aún no realizada.
Ahora nos habla a través de sus libros y artículos, que ya se están reeditando, como este “Cóndor Ciego”, que presentamos hoy.
En segundo lugar quisiera saber de qué manera él explicaba la historia desde el nacionalismo y cómo desde allí planteaba que la lucha de clases como teoría la sostienen las concepciones liberales.
Izquierdas y derechas son conceptos eurocéntricos, ajenos a nuestra realidad. No es aquí ni en el resto de iberoamérica la lucha entre una aristocracia, devenida en clase patronal, y una clase obrera. La lucha es entre quienes no quieren que dejemos de ser una nación subordinada, porque forman su clase gerente y quienes queremos sacudirnos ese yugo, aunque para ello debamos caminar 40 años por el desierto, como el pueblo judío.
Pero usted me pregunta la opinión de mi padre. Voy a citarle textualmente su pensamiento:
Izquierdas y derechas son calificaciones propias del liberalismo, que confunden cuando se las aplica a un país colonial o semi-colonial en lucha por su independencia. Puede hablarse de liberales de izquierda en la Asamblea francesa de la Restauración; pero ¿dónde colocar entonces a, los gobiernos populares, que necesariamente deben ser gobiernos fuertes para luchar contra la enorme fortaleza de los imperialistas y sus medios de seducción o corrupción? ¿Dónde, a los gobiernos extranjerizantes que se apoyan precisamente en la “libertad” que les permite el apoyo foráneo (libertad de prensa imperialista, libertad de empresa, etcétera)?
Algo semejante ocurre con las palabras progreso y regreso. Son términos de física y no de ciencias sociales: usted progresa o regresa en su marcha hacia un objetivo previamente determinado. Si ese objetivo es la nacionalidad, por ejemplo, Rosas podía hablar del progresismo federal que ganaba batallas a los interventores extranjeros, y del regresismo unitario que ansiaba un régimen de dependencia foránea. Si “progreso” es el gobierno popular, Rosas era un progresista que gobernaba apoyado por la masa, en cambio Echeverría era un regresista (…) que renegaba del “absurdo sufragio universal”. Si es el dictado de una constitución escrita nacional (pues constituciones o leyes constitucionales provinciales existían en tiempos de Rosas), el Restaurador que mantenía el sistema del Pacto Federal sería un regresista, mientras los liberales que todo lo esperaban de la panacea constitucional, los progresistas.
J.M.Rosa – EL REVISIONISMO RESPONDE – cap.34
Por último, ¿cuál es la relación del revisionismo actual (Felipe Pigna por ejemplo) con la corriente fundada por su padre?
No puedo hablar en nombre de toda la corriente revisionista, que por otro lado ni la fundó ni la dirigió mi padre. El solo era un maestro entre otros maestros; tal vez alguien, como usted, lo han colocado en un puesto de vanguardia, pero no puede decirse que todo el revisionismo fuese uniforme. Revisionista eran los hermanos Irazusta, que nunca aceptaron al peronismo, pero que sus aportes al revisionismo son valiosísimos; hubo muchos y muy capaces revisionistas que venían del marxismo o que representaban una vertiente del mismo, como Puigróss, Abelardo Ramos, Hernández Arregui; hubo radicales que reconocieron el tronco de donde venían, como Jauretche, Manzi y los de FORJA. Muchos llegaron a través del nacionalismo, porque no se puede amar a la Patria sin conocer su historia y su gente.
Mi padre tal vez haya recorrido un camino inverso ya que llega al nacionalismo a través del revisionismo. Posteriormente muchos abordaron el revisionismo desde el peronismo, cuando la tragicómica revolución “libertadora” liberó las mentes presas por ideas feas con el decreto 4161 que prohibía el peronismo, Perón, sus figuras, sus canciones, etc., y proclamó que el justicialismo era la segunda tiranía. Pero como no había anatemizado las figuras de la primera tiranía, los peronistas reemplazaron tirano prohibido por tirano permitido y se pusieron alegremente a leer historia, donde descubrieron que su movimiento no había tenido origen en octubre de 1945 sino que venía desde el fondo de la historia.
Hay un nuevo enfoque de la historia, trayéndola a la cotidianidad, a ver la historia de forma simple, crítica y cercana. Personalmente adhiero a esta idea, pero en el caso de Felipe Pigna, sin quitarle el mérito antes señalado, veo que usa su asombroso acceso a los medios (¿por qué será?), para introducir algún contrabando ideológico que sobrepasa la ineludible subjetividad que siempre hay cuando se analiza la historia. |