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Octubre

LANZAMIENTO

EL TAJO FEROZ
de Alberto Lagunas

Cuenta Conmigo Ediciones
ISBN Nº 978-987-23938-8-5

El Tajo Feroz, es la primera novela de Alberto Lagunas, autor también de “Diario de un vidente”, entre otras obras.
En el contexto que ofrece el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, Cuenta Conmigo Ediciones presentó en Rosario, el libro que acerca nuevamente a los lectores, la prosa de Alberto Lagunas, uno de los narradores sobresalientes que ha dado nuestra región a la literatura argentina. El panel a cargo de la presentación estuvo formado por la escritora Inés Santa Cruz y la poeta Ana María Russo.
Lagunas ha ganado numerosos premios y recibido reconocimientos.
Entre los primeros cabe mencionar el premio Leoncio Giannello (1999) por su libro de poemas “Cantos olvidados”, en un concurso cuyo jurado estuvo integrado por Rubén Vela y Graciela Maturo entre otros, que luego fuera publicado con dibujos de Silvina Ocampo, realizados especialmente para el autor. Entre los reconocimientos figura el premio “Magazine” a la trayectoria y el premio a la Personalidad del Año (2000). Fue elegido en 1984 por Adolfo Bioy Casares para realizar el estudio preliminar de páginas de ABC, seleccionadas por el autor.

Sus escritos fueron incluidos en antologías y publicaciones de Rosario, Buenos Aires y de otras ciudades de América Latina. Es además autor de numerosos estudios críticos.
Colabora con publicaciones de Rosario y escribe para las principales revistas literarias argentinas. Sus notas pueden leerse en los diarios “La Capital” (Rosario), La Nación (Buenos Aires) y “El Norte de San Nicolás de los Arroyos”, ciudad que lo vio nacer.

“El Tajo Feroz hace alusión al tiempo imparable, salvo por la memoria. O a través de la alquimia de la memoria. El narrador de esta novela tiene poderes alquímicos que configuran una apasionante trama. Se cuenta aquí la vida de un hombre dotado de poderes paranormales que lo exceden “porque cuando hay un resquebrajamiento en la ley yo vuelvo a manifestarme”, dice. La acción lineal abarca la historia desde la década del ’50 hasta julio de 1977, cuando estas memorias comienzan a ser escritas. Pero esta línea de acción es interrumpida por la autoconciencia de vidas pasadas o vidas anteriores y la pasión amorosa, que toma distintos nombres según sea la elección sexual de los protagonistas”.

Imagenes del lanzamiento

El autor y su obra
Por Inés Santa Cruz

Alberto Lagunas protagoniza una aventura de lenguaje animada por una imaginación sin orillas, que se modula a veces en relatos poéticos, otras directamente en poemas. Sus colecciones de relatos han sido ampliamente difundidas: Diario de un vidente que mereció el primer premio en el Concurso Internacional de Narrativa Losada (1980), cuyo jurado estuvo integrado por Ana María Barrenechea, Adolfo Bioy Casares, Beatriz Guido, Eduardo Gudiño Kieffer y Jorge Laforgue. Pero no es el galardón lo que marca su importancia, porque lo precede y continúa una excelente labor como cuentista, sino el cuerpo reflexivo que se unifica y trasunta en esa colección. En 1967 la Editorial Biblioteca de Rosario le publicó su primera colección de cuentos Los años de un día, y en 1973 el Centro Editor de América Latina El refugio de los ángeles, que había recibido la mención de honor en la Dirección de Cultura de la Provincia de Santa Fe. En 1984, Ediciones Del Peregrino, de Rosario da a conocer Fogatas de Otoño. Su labor poética muestra un poemario titulado Ayeres (1973), en 1999 publica Cantos olvidados y luego En esta casa ya no caben los muertos.
Siempre a la caza de la palabra literaria se sitúa casi en acecho en dos direcciones: la fabulación y la evocación. Cuando encuentra una fractura entre lo real y lo onírico, lo razonable y lo ridículo, apunta con su capacidad fabuladora. Es incisivo, paródico, elegante, sugerente, gran cuentista. En cambio cuando es la emoción lo que se ensancha, sin fracturas, de manera intensa y patética, encuentra en el poema su mejor cauce. La novela que hoy nos ocupa El tajo feroz” -publicada por Cuenta Conmigo Ediciones- junta las dos direcciones, es una fabulación donde se inserta el sentimiento: hay pasión, crítica, nostalgia y reflexión, elementos que no podían ser abarcados en los cuentos. No obstante, esta novela se ajusta a una estructura donde lo arborescente se va compilando alrededor de un eje, y no falta el final sorpresivo. Creo que esta novela constituyó durante mucho tiempo la trastienda de sus cuentos, el cofre donde se atesoraba lo más personal y también la caja de Pandora de la que con gestos de mago va dejando salir imágenes.
Es una novela esperada. Se trata de la historia de un curandero llamado Félix Altazor. Es una versión humorística, a veces desopilante de las aventuras narradas en primera persona por su héroe que pasa todas las etapas de aprendizaje, de alguien parecido a Lázaro, cruzado con el Dr. Fausto sin sus pactos. Un brujo en una tierra inocentemente cerealera.
Tantear lo sobrenatural implica una mediación teológica o demonológica, angélica o satánica. Abelardo Castillo en Crónica de un iniciado sitúa la aventura de Expósito en una ciudad hispánica, barroca, esotérica y católica como Córdoba, donde una concentración de símbolos actualizan esa pulsión por el misterio y el extrañamiento sobrenatural de los meta encuentros. Pero en esta entrega de Alberto Lagunas se evoca la ruralidad en su más candorosa manifestación, no porque San Nicolás no sea un escenario con misterios propios, pero estos no rozan la modesta historia de un elegido angélico y sin temores a lo sobrenatural: Félix Altazor.
El suyo es un apelativo construido como una suerte de oxímoron entre el desasosiego faústico o nitzscheano del aéreo personaje de Huidobro y la felicidad satisfecha del que porta el don de la clarividencia desde sucesivas encarnaciones a través de los siglos y va en busca de su descanso beatífico.

Periplo de Félix Altazor

El periplo de Félix Altazor se divide en tres etapas: Aprendizaje, Cuerpo radiante y Orgía de Luz que el personaje considera como el paso alquímico del carbón al diamante. Esa experiencia encuadrada en un simbolismo fuerte, propio de los elegidos que alcanzan plenitud después de un peregrinaje por diversas vidas. En el caso de Félix recuerda hasta la etapa en que fue Obispo en Praga en el siglo XVIII y consejero de un príncipe (Ludovico), y otras más modernas como su paso por Mendoza donde tuvo una esposa inolvidable, y deviene -como final de la serie- encarnado en la suerte de un hijo de carbonero en San Nicolás condenado a demostrar sus dones de videncia en las modestas actuaciones de un curandero precoz. Y desde este modesto sitial iniciará un derrotero peligroso en el que las fuerzas del mal se encarnarán en parientes y allegados que no intuyen su alta misión en este mundo.

El planteo es sin duda paródico y la sucesión de peripecias desopilantes lo confirma. Se salva de la muerte a pocos minutos de nacer y, a partir de allí, todo parece conspirar contra el espontáneo ejercicio de sus dones. Asistimos a dos etapas: a) La del vidente niño que con su nacimiento aumenta la fertilidad de los viñedos nicoleños a escala nacional, apacigua la lucha endemoniada de una anciana con su propia imagen junto con otras operaciones sanadoras y de premonición. Y, sobre todo, tiene que vérselas con un espíritu vengativo -el temible Ramón- que ha atormentado a sus ancestros en Cádiz y sigue persiguiendo en estas tierras a sus descendientes. Por extraña fatalidad le toma simpatía a Félix o quizás le teme, lo alienta y le deja su látigo con el que puede exorcizar a la serpiente de dos cabezas que con su silbido atormenta al barrio donde habita Felipe. b) Como vidente adulto, Altazor sostiene batallas con malignos poderosos y malignos inofensivos. El primer grupo está constituido por féminas terapeutas adiestradas ya en Freud, como en matemática aplicada, esoterismos o rabdomancia. El otro grupo, menos inquietante, está integrado por los paladines de la verdad en el campo de la crítica literaria, inofensivos pero impenitentes en sus enfrentamientos en los que batallan existencialistas comprometidos contra inmanentitas que despellejan la almendra poética de cada línea textual, mientras llegan neo-estructuralistas –que han perdido el sueño y el juicio como Don Quijote con lecturas apasionantes, no de los libros de caballería sino de la editorial Tel Quel- revolviendo y barriendo códigos lingüísticos. En ese universo irrumpen los apasionados al diván donde, asistidos por un psicoterapeuta estrella en la década del sesenta, mezcalina mediante, recrean la escena originaria en el registro del neorrealismo italiano, versión rioplatense, como era de esperar.
Más pacíficos, pero no menos inquietantes son sus encuentros amorosos, donde siempre se interponen las fuerzas del mal en modestos envases humanos que ejercitan la envidia y la venganza. Pero sale indemne y puede continuar en holgada posición su carrera de sanador profesional ejercida sobre una galería de consultantes que varían de un bailarín sobre patín, a mujeres desconsoladas, asesores literarios, sacerdotes culposos, empresarios y un escritor que conoció en alguna reencarnación anterior. Culmina su carrera con hechos prodigiosos que lo ubican en la satisfacción de haber concluido su tarea en la tierra.
El perfil de los personajes: se muestra en una galería donde las figuras son evocadas en el pasado ya sea en etapas de su vida anterior, de su infancia en esta vida y de su madurez. El punto de vista desde donde se los procesa es bifronte: por un lado lo que puede observar en la vigilia de lo mismo y la captación de sus sueños o escenas no presenciadas sino captadas en sus visiones. Esto permite redondear fisonomías desde una omnisciencia curiosa, no la de un narrador decimonónico sino la del relato de un vidente. Las actividades de las figuras insinúan cierta crítica hacia diversos sectores profesionales: los de la salud metal -sus dos terapeutas-, la salud física -su hermano Ulrico. Además se conforman algunos arquetipos de la crítica literaria que no pueden identificarse concretamente porque responden a una caricatura compuesta por muchos. También aparece la serie de sus consultantes que de alguna manera arrastran alguna culpa real o imaginaria. Las interacciones de estos con Félix son casi constantes: lo hostigan, aunque también lo temen o solicitan su ayuda. En las mujeres siempre se ha operado alguna metamorfosis que Félix relata con poca piedad: la simple Juanita alcanza su esplendor con el nombre de Débora, y la transgresora Esthercita, protagonista de la cruzada de los teatros independientes con talante “undergruond” se une a un productor a fin de obtener las bienaventuranzas de una estrella en el circuito comercial.
A través de sus peripecias en esta corte de los milagros culposa hemos disfrutado de un recorrido por el imaginario comarcano de los sesenta, años en que se producen las revoluciones culturales occidentales que sacuden las vernáculas conciencias juveniles de entonces, abastecidas con el aliento que sopla desde diversos ángulos pero se recicla y purifica en París.

Construcción del narrador

Entre características esenciales quiero destacar la construcción del punto de vista del narrador y su postura ante una historia en primera persona sin el artilugio de un narrador testigo que puede explayarse sobre una leyenda. La proximidad entre narrador y experiencia propia presenta la apreciación directa y confidencial, prevalece su registro megalómano. Pero en ese decir se mezcla la jerga del tango, el bolero, la literatura de los cuentos de hadas, infinidad de citas literarias, el habla de la vecina de barrio, la inocencia de un niño, el sarcasmo de un adulto que sabe de la incredulidad del escucha, y la búsqueda de complicidad de un lector de la misma generación que ha convivido con el imaginario de la época. Félix trata de hacernos aceptar su código maravilloso, pero salpimentado con sus delirios y el guiño de su ironía. Es un diablillo que busca comprensión desde su lugar de elegido sobrenatural en un ambiente mezquino, parroquial y pretencioso.
Por tanto: ¿Podemos subrayar el recurso de una “oratio cuasi oblicua” de un narrador imperturbable que nos va contando lo increíble a un ritmo desopilante, envolviéndose en el clisé del habla de los otros para diseñar el espacio de la parodia? O pensar que la parodia es una forma de agilizar otros mensajes mientras se celebra sesgadamente la visión panóptica del Altazor de Huidobro que alumbra a los que sobrevuelan lo racional en busca de la percepción completa. Creo que conviven ambas visiones, la grotesca y la sublime. Mezcla a la que han apelado todos los que incursionaron en el plano de lo sobrenatural o paranormal.

Los discursos afines

Creo que todos los que se animaron a esta temática la resuelven exorcizando su dramatismo con el humor y el grotesco, desde Goethe, Thomas Mann hasta Estanislao del Campo, Abelardo Castillo y Pedro Orgambide, autores que asumieron específicamente el tópico de la venta del alma al diablo.
Pero Lagunas conoce los logros y traspiés de todos. Busca un personaje modesto, que accede a lo sobrenatural sin pactos. Félix Altazor ha recibido un don que no es producto de ningún trueque, ni de la temeridad del impotente Fausto que vende su alma en pos de objetos ya inalcanzables por sus propios medios. Altazor se encuadra en la magia natural que puede dominar a la naturaleza gracias a un conocimiento extenso que ya se lo permite su percepción ampliada por la videncia. Además su periplo es el de los viejos relatos donde el héroe debe luchar contra las fuerzas del mal. No tiene conflictos, ni crisis de conciencia porque el suyo es un crecimiento que se realiza a través de sucesivas vidas pasadas, y en esta última sólo le restan tareas finales que por exitosas apresuran su paso a otra dimensión.
En síntesis, es una novela jocosa y seria. Es casi histórica ya que pertenece a una etapa que se cierra en 1976. Es un testimonio, que desde un ángulo distinto, evoca el enfoque de Mann en Dr. Fausto. El gran escritor vio un paralelismo entre ese temerario salto hacia adelante del músico Adrián y su pacto satánico, con el salto al vacío de toda Alemania hacia la exaltación y la hibris fáustica que caracterizan la locura de una raza superior. Procedimiento parecido a Mario y el mago, donde en una playa italiana un matrimonio ve en un mago de feria -Cipolla- a través de sus gestos grandilocuentes y la fascinación que produce en su auditorio el remedo de la figura bufonesca de Mussolini. En síntesis tópico deriva en una versión alegórica de carácter político y cierta crítica tanto a la magia negra como recurso para escaparse de los límites como a la magia blanca que aspira a embaucar con engaños.
La aventura de Félix Altazor es la versión opuesta y atemperada de este paradigma afianzado por Thomas Mann, del que quizás se remeda la megalomanía del narrador y el registro de escenarios o personajes vulgares para construir el panorama de cierto costumbrismo epocal, así como el desplazamiento al ensayo poético donde exalta la belleza y la poesía. La mirada de Félix Altazor también alterna la crónica ácida y desopilante con sus reflexiones sobre la búsqueda del autococimiento donde el fin es la percepción completa, que es posesión del poeta o del iniciado, sin la alegoría política. Pero coincide con una etapa histórica convulsionada de su país, aunque no la encarna. Ante ella, sólo presiente con zozobra, las luces y las sombras de una sociedad confundida que vendería su alma al diablo por un capricho, aunque no se de cuenta y después sea demasiado tarde. Esa ambigua coincidencia decide que las últimas palabras del texto subscriban las de Thomas Mann: “Amigo mío, Patria mía, que Dios se apiade de nuestras almas”.

 
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